LA LEYENDA DEL SAN ANDRES
"La visita a este legendario pecio nos transmite siempre la sensacion de que buceamos entre las columnas de un antiguo templo bajo el mar"
En la mañana del 28 de Marzo del año 1856 zarpa del puerto de Málaga el vapor Miño, en un crucero hasta Sevilla para asistir a la Feria de Abril, arrendado por la familia Heredia, una de las más ricas e influyentes de la sociedad malagueña del siglo XIX. Esta familia de origen riojano, se enriqueció gracias al comercio de finales del dominio francés. D. Manuel Agustín Heredia, fundador de un imperio económico y uno de los hombres más ricos de España, era propietario de fundiciones de hierro, aserraderos, ferreterías, navieras y consignatarias de buques.
El antiguo palacio que alberga hoy en día el Centro Psiquiátrico Provincial de Málaga, era su residencia habitual.
Continuas desgracias familiares marcaron la trayectoria de los Heredia. Su primogénito Manuel, casado con Trinidad Grund, se suicidó en una salida de caza. Murió su primer nieto, hijo de Trinidad por una septicemia tras una operación y pocos meses después de la muerte de su padre. Y la tragedia del naufragio del vapor Miño, donde murieron sus dos nietas Isabel y Manolita.
El Miño era considerado un barco de pasaje, y zarpó del puerto malagueño con 49 pasajeros y 36 tripulantes a bordo. La ruta que seguía era la de Barcelona a Inglaterra, haciendo escala en Valencia, Málaga, Cádiz, Sevilla y en algunos puertos del norte de España. El pasaje estaba compuesto por amigos y familiares de la familia Heredia, todos personajes muy influyentes y adinerados de la época. La primera parte de la travesía fue en calma y con poco viento. Por la tarde dejaron por estribor Punta Carnero, a la altura de Algeciras, para adentrarse en el Estrecho de Gibraltar. Poco se sabe a ciencia cierta de las condiciones meteorológicas, pero es probable que la mar cambiara, debido a los fuertes vientos de levante, comunes en la zona y que hacen que haya poca visibilidad.
En la madrugada del día 29, fue abordado por el buque inglés Minden, que navegaba a toda vela y que al no tener máquinas, nada pudo hacer para evitar la colisión. De los 85 ocupantes del barco, perecieron 64. Según testimonios de los supervivientes, prácticamente lo parte en dos, cerca de la isla de Tarifa. Al parecer, el capitán puso proa a tierra para tratar de salvar la nave embarrancándola en la playa más próxima, pero tuvo la mala fortuna de que el navío se fue contra la costa, seguramente debido a la falta de gobierno que sufría por el agua acumulada. Parte de su tripulación ganó la orilla a nado. Diversos recortes de prensa de la época manifiestan la catástrofe, donde se pueden leer numerosos detalles de la colisión, incluso dando la hora del naufragio, sobre las 1.30 horas. Aun quedan algunos grabados de artistas de la época.
Una de las supervivientes fue Trinidad Grund, nuera de D. Manuel Agustín Heredia. Según su propio testimonio, ante el inminente hundimiento de la nave, cogió a sus dos pequeñas hijas Isabel y Manolita para intentar salvarlas. Desafortunadamente se golpea con un banco, quedando inconsciente. Lo que salva a Trinidad fue su vestido o su abrigo, que la mantienen a flote enganchada a un banco o un madero. Cuando recobra el conocimiento, ha perdido a sus hijas. En su testamento ordenó que cuando muriese la amortajaran con los ropajes que le habían mantenido a flote y que al parecer eran el último vínculo de unión con aquellas niñas ahogadas en el naufragio.
Dicen sus biógrafos que a partir de esta última desgracia, en el que perdió a sus dos únicas hijas, se dedicó a las obras de caridad, destinando gran parte de su inmensa fortuna a la construcción de escuelas, residencias de ancianos y dispensarios médicos. Esta mujer de voluntad inquebrantable y de belleza natural, era hija del cónsul de Prusia en Sevilla. Según cuentan, quizás heredó de su padre ese carácter con el cual era capaz de sostenerle la mirada a cualquier persona. Usaba vestidos sobrios de color negro y se paseaba por los barrios pobres de Málaga. El naufragio la volcó hacia los que más padecían, los pobres, e intentaba influenciar a los más ricos en la realización de actos de beneficencia. A partir de este momento empieza Trinidad Grund a ser conocida en la sociedad malagueña, colaborando en el despegue económico de la ciudad. Una mujer muy querida en su ciudad, incluso tiene una calle que lleva su nombre. Existe un documento que se encuentra en el Museo Marítimo de Greenwich y correspondiente a un informe que el Lloyds de Londres emite tras inspeccionar un vapor español de nombre Miño, el 15 de julio de 1854, en el puerto de Liverpool. Es una inspección de clase para cuestiones de seguro, que nos proporciona los datos de cómo era el barco. Era propiedad de la naviera Tintoré, una de las grandes navieras catalanas de la época. La familia Heredia lo habría arrendado para su viaje a la feria de Sevilla, para un viaje privado con sus invitados, algo muy común en estos tiempos. El Miño no aparece en los inventarios de bienes y fincas de los Heredia, aunque sí aparecen otros barcos. El informe describe al Miño como un vapor mixto de palas y velas, con un tonelaje bruto de 550 toneladas, 199 pies de eslora (60 m. aprox.) y 25 pies de manga (8 m. aprox.). Para esta época era un barco enorme, de estructura de hierro. Fue construido en 1853 en el astillero de George Brown en Chester (Inglaterra).
LA INMERSION
Para la historia el “Miño”, para los buceadores el “San Andrés”
El Miño es conocido hoy en día entre los buceadores como el San Andrés debido a que antiguamente había entre sus restos unos lingotes de plomo enormes con estas palabras grabadas. Los Heredia, propietarios de muchas fundiciones, tenían algunas en la Playa de San Andrés en Málaga. Lo más probable era que esos lingotes proviniesen de esas fundiciones y estaban en el barco como lastre o carga, con el nombre de la fábrica acuñado en los mismos. De ahí la confusión en el calificativo por el que hoy en día se conoce al pecio.
Hoy en día, de la antigua fundición de la familia Heredia tan solo quedan en pie las chimeneas, situadas en la mencionada playa de San Andrés (Málaga). De entre los restos, se recuperaron unas botellas de tónica Schweppes, piezas de vajilla de la Cartuja y los citados lingotes de plomo con la inscripción de San Andrés, con unas medidas de 70,80 cm de largo x 15 cm de ancho y 10 cm de alto. También se hallaron varias botellas de cristal, ciertamente antiguas, en las que se podían leer las palabras London Hows Chemists. Tras una somera investigación se dataron entre 1850 y 1860, fecha, por otra parte, que correspondía con el fatídico naufragio del Miño. Pero el pecio se quedó con el nombre de San Andrés, a pesar de que en los registros de buques españoles e ingleses no se pudiera encontrar ningún vapor movido por palas que naufragase en esa época y que ostentase dicho nombre. No hay constancia ni en la prensa, ni en la tradición oral, de que se produjera ningún otro naufragio en la zona y en esa época. Esto nos confirma que se trata del vapor Miño.
Siempre nuestro “San Andrés” Nuestro barco fondea sobre la cara de levante de la Isla, a tan solo 5 minutos de travesía, en una pequeña ensenada natural, conocida como “El Boquete”, a resguardo de los vientos de poniente. Los días de marea baja hacen visible desde superficie la entrada a esta cueva, que tiene la particularidad de poderse acceder a ella también por tierra. Comenzamos la inmersión a unos 5 metros de profundidad, en una extensa superficie plana, que forma parte del cantil, poblada de algas pardas y verdes, siendo el hábitat natural de numerosos blenios y gobios. Nos llama la atención la intensa luminosidad reinante, en comparación con el penetrante azul que se hace visible al dirigirnos hacia la bajada del veril.
submarino cambia de manera radical. De los tonos verdes y pardos, pasamos a los matices anaranjados intensos de las paredes pobladas del pólipo Astroides Calicularis, tan abundante en estas aguas. En las oquedades de estas paredes la abundancia de nudibranquios, crustáceos y vida pequeña no debe entretenernos de momento, ya que planificamos la inmersión para dirigirnos directamente hacia la profundidad del pecio, que descansa entre 25 a 30 metros. Dejando el cantil a mano derecha derivamos a media agua. Paredes muy verticales e inmensas grietas se suceden hasta el comienzo de un arenal que tiene un leve descenso, con pequeñas formaciones rocosas desperdigadas, donde reposan unos gruesos cabos semienterrados en la arena, indicándonos el camino a seguir para encontrarnos con el “San Andrés”. El azul se va haciendo cada vez más intenso, pesado y profundo, hasta que divisamos la estructura de los restos del barco, la proa y el puente, que yace erguido simulando un templo submarino. Debido al tiempo transcurrido desde su naufragio en 1856 y a los fuertes temporales de levante que azotan la zona del Estrecho, nos encontramos con los restos esparcidos de lo que queda del barco, sin una estructura de navío reconocible. Bajando por las mencionadas columnas a través de una cortina de peces tres colas (Anthias Anthias) y bancos de bogas, descendemos directamente a una profundidad de 36 metros en busca de una de las calderas del vapor. Cuando la iluminamos con nuestros focos, nos sorprende el rojo intenso que la recubre, su forma cilíndrica perfectamente visible y en excelente estado de conservación, lugar idóneo para que los aficionados a la fotografía submarina desarrollen su creatividad.
Si derivamos hacia la derecha de la caldera, los restos de un antiguo trasmallo abandonado merece toda nuestra atención. Es común observar peces de San Pedro (Zeus Faber) merodeando el lugar, como también es frecuente el encuentro con peces luna (Mola Mola) que se acercan a la costa para ser desparasitados. Este pelágico de inusual forma plana, y color gris plateado, puede llegar a medir hasta 3 metros, con la característica de que su altura incluyendo las aletas, es superior a su longitud. No es recomendable bajar más allá de la caldera, pues la próxima caída es a más de 45 metros de profundidad.
El Miño es conocido hoy en día entre los buceadores como el San Andrés debido a que antiguamente había entre sus restos unos lingotes de plomo enormes con estas palabras grabadas. Los Heredia, propietarios de muchas fundiciones, tenían algunas en la Playa de San Andrés en Málaga. Lo más probable era que esos lingotes proviniesen de esas fundiciones y estaban en el barco como lastre o carga, con el nombre de la fábrica acuñado en los mismos. De ahí la confusión en el calificativo por el que hoy en día se conoce al pecio.Hoy en día, de la antigua fundición de la familia Heredia tan solo quedan en pie las chimeneas, situadas en la mencionada playa de San Andrés (Málaga).
De entre los restos, se recuperaron unas botellas de tónica Schweppes, piezas de vajilla de la Cartuja y los citados lingotes de plomo con la inscripción de San Andrés, con unas medidas de 70,80 cm de largo x 15 cm de ancho y 10 cm de alto. También se hallaron varias botellas de cristal, ciertamente antiguas, en las que se podían leer las palabras London Hows Chemists. Tras una somera investigación se dataron entre 1850 y 1860, fecha, por otra parte, que correspondía con el fatídico naufragio del Miño. Pero el pecio se quedó con el nombre de San Andrés, a pesar de que en los registros de buques españoles e ingleses no se pudiera encontrar ningún vapor movido por palas que naufragase en esa época y que ostentase dicho nombre. No hay constancia ni en la prensa, ni en la tradición oral, de que se produjera ningún otro naufragio en la zona y en esa época. Esto nos confirma que se trata del vapor Miño.
Para evitar entrar en una larga descompresión, es prudente comenzar el ascenso de vuelta hacia las columnas de fijación, sobre las que se apoyaban las grandes ruedas de palas que descansan a los lados del barco, de unos 6 metros de diámetro. Aun hoy en día es perfectamente visible el eje de estas ruedas que ayudaban a la propulsión del barco.
Un amasijo de hierros recubiertos por completo del naranja intenso del pólipo Astroides Calycularis y repartidos por el fondo, plasman imágenes y formas irreales dignas de este antiguo pecio. Un huidizo mero ha hecho de estos restos su hogar habitual. Entre lo que queda de la proa se encuentra un enorme congrio, habitante permanente que siempre sale al encuentro de los buceadores. Morenas, y bogavantes de gran tamaño, así como un grupo de pargos encuentran cobijo en el “San Andrés”. Los centollos (Maja squinado) son abundantes entre los restos. Nuestro tiempo de estancia en el pecio se acaba.Continuando lentamente el ascenso hacia el cabo del ancla, disfrutando de la vida existente en el arenal: lenguados, congrios de arena, infinidad de rascacios y salmonetes excavando insaciablemente el fondo para alimentarse. Ya de vuelta en el cantil, en los huecos de la pared, una intensa vida macro hace las delicias de los amantes de la vida pequeña. Gran variedad de nudibranquios, planarias,
gusanos tubícolas, esponjas, ascidias, blenios y gobios se encuentran entre los recovecos del veril. Durante nuestro ascenso, la suave pendiente nos permite eliminar los minutos acumulados de descompresión con la búsqueda de una pequeña gambita entre los tentáculos de las abundantes anémonas existentes en las laderas rocosas. Este pequeño crustáceo, la Periclemenes Amethysteus, destaca por su cuerpo totalmente transparente con manchas rosadas y azules, con una V en su cola. Ya de vuelta en la parte superior del cantil y a una profundidad de 5 metros, nos dirigimos como punto final de la inmersión hacia la pared de la isla, donde nos encontramos con la entrada a la cueva conocida comúnmente como “El Boquete”. Presenta una salida exterior muchas veces utilizada por los buceadores locales para realizar una inmersión desde tierra con un cómodo acceso al mar.
Es impresionante la visión que nos genera la entrada de los rayos solares y los extraordinarios contraluces formados en los diferentes huecos de la roca que hacen las delicias de los fotosubs y sus grandes angulares.
Fotos cedidas por Oscar Rulli,Manolo Perez y textos de Cristina Perez y Patricia Sibajas procedentes del documental LA LEYENDA DEL SAN ANDRES.
Agradecimiento:
A nuestros amigos Carlos Calvo Clavero y CIES SUB
por las fotos cedidas que forman parte de la historia del CITOS
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